Desde que el hombre aprendió a cultivar la tierra y fue capaz de domeñar los animales y convertirlos en ganado tuvo que hacer frente a una seria dificultad: mantener el ritmo de las cosechas. Cuando una tierra virgen se cultivaba, los resultados eran muy buenos, pero al cabo de 2 ó 3 años, los rendimientos caían vertiginosamente, el terreno dejaba de producir y había que dejarlo descansar, en barbecho, durante una o dos temporadas hasta poder volver a hacer uso del mismo otra vez. Sin embargo; pronto encontraron los antiguos soluciones que evitaban dejar los campos baldíos y obtener con mayor regularidad cosechas que, si bien no resultaban exuberantes, permitían una cierta predictibilidad a las tareas agrícolas. Por una parte rotar cosechas, especialmente entre cereales y leguminosas, mantenía los campos productivos cada año. Por otra, añadir excrementos de los animales a las tierras las transmutaba de estériles a ubérrimas, con lo que nos encontramos ya un primer atisbo del valor que ...